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Se
hace entonces muy difícil, si no imposible, precisar los límites
sociales de lo que llamaba Piaggio el bajo pueblo, y más difícil
aún adjudicar categoría social, lingüística o literaria al aire
de que hablaba Gómez Bas. Los niveles sociales están muy
confundidos y también lo están los sociolectos.
La
Real Academia Española ha tenído necesidad de castellanizar gran
número de términos extranjeros, porque el pueblo había impuesto
su uso. Cuando en Buenos Aires todavía era considerado un delito
de leso lenguaje el término tráfico, con la acepción de
circulación vehicular, que tenía en francés, la misma Academia
ya lo había aceptado.
En
este vocabulario que llamamos lunfardo hay muchos términos no
castellanos incorporados al caudal del habla, cuando la
formación del lunfardo prácticamente ya había concluído. Podría
aventurarse como fecha de la conclusión la segunda mitad de la
década de 1910 que fue cuando la Primera Guerra Mundial
determinó una drástica disminución del flujo inmigratorio. Nos
hemos dicho que así como la Real Academia Española pudo
castellanizar palabras como claque, bar o banyo,
deberían lunfardizarse otros términos igualmente extranjeros que
los medios de comunicación en masa han llevado a los labios de
lo que Piaggio llamaría el pueblo bajo. Gente que no ha
concluido siquiera la enseñanza primaria usa con gran fluidez
vocablos como rating, trainning, reality show, outlet, week-end.
¿Cómo lunfardizarlas? ¿Siguiendo el candorosos procedimiento de
la Real Academia Española que consiste en escribirlas tales como
las percibe el oído acostumbrado al castellano? Quizá alguna vez
pueda llegarse a eso, pero teniendo en cuenta que no existe una
ortografía lunfarda, hemos preferido dejarlas aquí tales como se
presentan en sus respectivas lenguas originales.
Estamos
queriendo decir que no puede negársele al lunfardo -por esencia
tal vez no más que un sistema de préstamos, ofrecidos por la
inmigración-, la oportunidad de aceptar e incorporarse otros
términos igualmente inmigrados, aunque no hayan desembarcado en
Puerto Madero, ni hayan aterrizado en Ezeiza, sino saltado sin
muchos tiquis miquis de la radio a transitores o de las
pantallas televisivas. Rechazamos un criterio reduccionista del
lunfardo. Como lunfardistas sostenemos que así como no se le
discutió al habla de Buenos Aires la aceptación de los préstamos
lingüísticos traídos por los trasatlánticos, tampoco debería
negársele el derecho a incorporarse todo aquello que el pueblo
-no ya el bajo pueblo sino el pueblo en ascenso- escucha, lee o
repite diariamente. Hemos usado la palabra coiné. Cuando las
clases sociales estaban distanciadas, la coiné porteña se
integraba con elementos distanciados también culturalmente los
unos de los otros. Ahora que las clases sociales se muestran
mezcladas, dichos elementos también se mezclan y también se
confunden. Este trabajo no aspira a ser legislativo y mucho
menos judicial. Nada prohibe y nada condena. Sólo es un
testimonio escrito del habla de la ciudad, utilizada la palabra
habla -repetimos- en el sentido saussuriano al que nos hemos
referido: la porción del infinito tesoro de la lengua de la que
hace uso y disfruta el pueblo de Buenos Aires.
Por
todo lo dicho hemos incorporado en este repertorio no pocas
palabras de generación reciente, tomadas ellas de la
computación, del sociolecto de los yuppies y aún de la cumbia
villera, que podrían llamarse, y hemos llamado, con toda
propiedad el lunfardo del tercer milenio.
José Gobello
Marcelo
Héctor Oliveri
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