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En la amplia definición de la palabra “filete” que figura en el
diccionario encontramos lo siguiente: m. (del latín filo =
hilo)/ lista angosta en molduras / línea fina para adornar
dibujos / remate de hilo enlazado en el canto de ropas /
pequeña lonja de carne magra o pescado sin raspas.
De estas cuatro acepciones, la segunda es la que más
conviene a nuestro tema y, para reforzar su significado siempre con
la complicidad del diccionario, encontramos que la
palabra”filetear" se define como “adornar con filetes".
Al parecer esta idea de “hilo decorativo" sirvió para
inspirar en Buenos Aires la denominación de una práctica que se
conoce como Fileteado
porteño.
Una primera definición abarcativa
de lo que en esta ciudad se
entiende
por un fileteado es la de una decoración hecha sobre un rodado
cualquiera fuere compuesta por dos elementos: un breve mensaje
escrito, y/o un mensaje icónico realizado
en
vivos colores con formas propias y
definidas. Ambos elementos pueden estar juntos y, cuando es así, generalmente
el
mensaje escrito está contenido en el icónico.
Entonces, podemos decir que el fileteado
porteño es un arte decorativo
y
popular, que nace en Buenos Aires a principios del siglo XX. Tuvo su
origen en las fábricas de carros,
donde los primeros
maestros del oficio
lo desarrollaron
espontáneamente, hasta enriquecerlo en sus formas y
colorido. Durante más de
medio
siglo, los carros de la ciudad lucieron esta original
decoración que, más tarde, fue heredada
por los
camiones y los
colectivos.
Por ser un
arte
popular el fileteado
está escasamente documentado. No hay una fecha
exacta
que marque su comienzo, ni
tampoco
se conoce al primer fileteador o
iniciador del género. La historia del fileteado está hecha sobre la
base de testimonios rescatados
del olvido, que constituyen actualmente
una genealogía
muy cercana a una mitología.
Estos
testimonios
coinciden en que los pioneros
de este arte fueron inmigrantes
italianos que trabajaban en las fábricas de carros, quienes
pintaron los primeros ornamentos sobre
las nuevas unidades
que de allí salían. Inicialmente, se trataba de líneas
muy simples
que llenaban los
paneles de los carros
o separaban dos colores diferentes en sus
costados, que más tarde dieron lugar a la incorporación de nuevos
elementos decorativos,
que fueron conformando un repertorio
característico.
Los tres primeros fileteadores que se conocen fueron: Salvador
Ventura, Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella.
Según Enrique Brunetti, fue su padre, Vicente, el primero
que
aplicó
un color alternativo sobre el gris
"municipal" con que se pintaban los carros, dando así el primer paso
de toda la decoración que luego se desarrolló. Cecilio Pascarella
se caracterizó por incorporar a los carros las leyendas escritas con
letras góticas, que en la jerga filetera se llamaba
"ergóstrica", imitando a los costosos letristas franceses
de la época. Por su parte, Miguel Venturo, hijo de Salvador fue el
que diseñó por primera vez las flores características del género,
además de incorporar toda una serie de nuevos elementos
ornamentales, como las hojas de acanto.
En aquella época, distintos gremios
trabajaban en la construcción de los carros dentro de un mismo
taller: los carpinteros armaban la caja y las ruedas con maderas
duras, los herreros colocaban y niquelaban las partes metálicas, los
pintores "de liso" preparaban los colores de fondo y, finalmente, le
llegaba el turno al fileteador. Éste decoraba el carro según las
posibilidades económicas, las preferencias y el apuro que tuviese
su dueño. Cada carro constituía una obra muy elaborada, producto de
la suma del trabajo paciente de los diferentes artesanos que
necesariamente intervenían en su construcción.
El fileteado fue desarrollándose velozmente hasta .adquirir elevados
niveles de riqueza y complejidad. Desde aquel primer chanfle pintado
por Brunetti de un color diferente del gris reglamentario, a las
finísimas alegorías de Carlos Carboni, se habían incorporado
numerosas
técnicas
y
elementos decorativos, que fueron conformando un repertorio
que convirtió al fileteado en un género único y diferente de
cualquier
otro
conocido hasta entonces. Según sostiene Cirio, algunas de sus
características formales son: 1.- el alto grado de estilización,
2.- la preponderancia de colores vivos, 3.- la marcación de sombras
y claroscuros que crean fantasías de profundidad, 4.- el preferente
gusto por la letra gótica o los caracteres muy adornados, 5.- la
casi obsesiva recurrencia a la simetría, 6.- el encierro de cada
composición en un marco (que toma la forma del soporte de
emplazamiento), 7.- la sobrecarga
del espacio
disponible y 8.- la conceptualización simbólica de
muchos
de los objetos representados (por ejemplo la
herradura como símbolo de buena suerte los dragones como símbolo de
fiereza o virilidad).
La mayoría de sus elementos estaban tomados de las
decoraciones ornamentales y arquitectónicas de la época. El
fileteador Carlos Carboni manifestó cómo se inspiraba en los
ornamentos del frente de Teatro Nacional Cervantes y en las
mayólicas decoradas de las estaciones del subte.
La temática en cambio era producto del imaginario popular y
así se tomaban los íconos de Carlos Gardel, la Virgen de Luján o
escenas de campo para llenar los óvalos centrales de algunas
composiciones. Los textos incluidos eran (más allá de los datos del
propietario del carro) en su mayoría frases y lemas populares que
constituían una "sabiduría de lo breve” y que alguna vez Jorge Luis
Borges definió como "costados sentenciosos”. Ello demuestra que el
fileteado se realiza no solamente con fines estéticos, sino que es
también exponente de los valores socioculturales del habitante de
Buenos Aires.
El progreso fue trayendo consigo la inevitable sustitución
del carro por el camión que, sin embargo, supo aceptar el fileteado,
al igual que la tarea de carga heredada de su antecesor. Las formas
decorativas de los carros se adaptaron a las cajas de los camiones
que, incluso, se hacían en las mismas fábricas de carrocerías donde
los maestros trabajaban e inventaban nuevos motivos para decorar
las cabinas. Los colectivos también adoptaron al fileteado, siendo
su factura más seriada y austera, sobre una superficie más lisa y
amplia que la del carro, puesto que no está dividida en paneles.
Carros, camiones y colectivos circulaban luciendo esta
decoración por las calles de la ciudad, sin que se lo percibiera
como una valorable manifestación estética; era algo a lo que la
gente estaba acostumbrada y que estaba excluido del conjunto de las
artes plásticas locales. Precisamente, eran los dueños de los
vehículos y los maestros del oficio quienes producían y conservaban
vivo este arte. Por ejemplo, un verdulero podía pactar con un
fileteador un trabajo para su camión, rico en colores y repertorio
que, además, podía contener una alegoría hecha a la medida de su
propietario; ese camión ganaba la calle, exponiéndose a la acción
destructiva del uso, de la intemperie y del tiempo, y si no se
restauraba en un plazo razonable era una obra que se perdía para
siempre, como ocurría en la mayoría de los casos. De este modo, es
interesante observar que el fileteado no sólo se genera, sino que se
impone como género propio luego de muchos años de ser una práctica y una
costumbre.
El primer intento serio de valorización del fileteado fue la
adquisición de tablas de distintos fileteadores hecha por Esther Barugel y Nicolás Rubió, con las que realizaron la primera
exposición en la galería Wildenstein, en 1970. Su labor incluyó
también la edición del libro Los
maestros
fileteadores de Buenos Aires/
en 1994, y la donación de la mayoría de esas tablas al Museo de la
Ciudad, donde forman la principal colección existente.
Pero nada pudo impedir que el fileteado de vehículos comenzase su
ocaso en la década del 70 debido en gran medida, a una ley
promulgada en 1975, que prohibía el fileteado de los colectivos en
la ciudad de Buenos Aires (ordenanza de la S.E.T.O.P.
N°
1606175). Esto se sumó al cierre de la mayoría de las carrocerías
que mantenían al fileteador en calidad de empleado, a la decadencia
de la economía nacional y al fallecimiento de muchos maestros que,
por otra parte, no habían formado discípulos.
Tal vez esta desaparición parcial fue necesaria para que el
fileteado comenzase a ganar otros espacios, ya que hasta ese momento
era impensable sin el soporte del vehículo. Así, desde hace
más de dos décadas, este arte se incorporó a la pintura de
caballete, a la decoración de objetos y al lenguaje publicitario de
ciertas marcas que, si bien lo sacan del contexto originario y de
las técnicas tradicionales, logran en cambio darle una gran
autonomía, porque puede ser vendido independientemente del rodado
y, por ende, puede exponerse como una “obra de arte" dentro de una
casa o museo.
Además, gracias a esta revalorización y paralelamente a ella, el
fileteado fue adquiriendo otra significación al convertirse en
emblema iconográfico de la ciudad, junto a su género musical
característico: el tango. Desde hace aproximadamente una década, el
fileteado se unió al tango como reconocida manifestación de identidad
porteña.
Fuente:
Tratado de Fileteado Porteño. Autor Alfredo Genovese
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